Mi primer departamento

Aún no dejaba mi país, cuando ya estaba preparando mi vida en Alemania. Sabía que mucha gente que recién llegaba se quedaba en hostales mientras encontraba un departamento, pero yo no era de esas, yo quería llegar a algo seguro. Tras meses de aplicar a departamentos desde México, tuve la fortuna de que una señora me contestara. Inclusive me dijo que podía hablar con su hijo, quien hablaba inglés, para facilitarme las cosas.

Me pareció muy amable, la señora me aceptó sin pensarlo dos veces y yo creí que tendría el cuarto de mis sueños porque estaba muy cerca de la universidad en la que iba a empezar mi maestría. Y lo mejor es que parecía que el hijo de la dueña del departamento (quien sería mi roomie) y yo nos llevábamos muy bien. Tanto así, que él se ofreció a ir por mí al aeropuerto cuando llegué a Berlín y llevarme a donde viviría. ¡Qué suerte tengo! Pensé. Apuesto a que a nadie le toca tan fácil.

Y bueno, las cosas al principio iban muy bien. La dueña del departamento vivía en el mismo edificio, así que siempre estaba al pendiente de lo que pasaba. El hijo vivía conmigo, al igual que otro chico que casi nunca estaba en casa. Por lo mismo, el departamento tenía absolutamente todo. Claro que notaba algunas cosas raras, como por ejemplo, mi cuarto era el único al que no se le podía poner llave, porque según se había perdido. Entonces tenía un enorme agujero en la puerta, el cual más tarde tuve que tapar con papel porque me sentía un poco incómoda. Sabía que nadie entraría a robarme, pero espiarme quizá sí.

También noté que el hijo era demasiado amable. Me acompañó a hacer muchos movimientos que tenía que hacer como recién llegada, por ejemplo, comprarme una buena chaqueta, un celular, un chip, la tarjeta de transporte, me enseñó las tiendas al rededor, algunos buenos lugares, etc. Luego comenzó a hacer las compras por mí. Me traía cosas vegetarianas y productos pseudomexicanos. Luego, por las mañanas, me preparaba café y me lo llevaba a mi cuarto, por las tardes, me traía un pedazo de pastel, o galletas.

Lo comenté con mis compañeras de la universidad, especialmente las alemanas, para saber si eso era normal. Todas me decían que no, que quizá yo le gustaba al tipo. Con el tiempo me enteré que él estaba en un proceso de divorcio, pero no le conocía a ninguna mujer con la que saliera. Bueno, yo no le tomaba tanta importancia, hasta que todos esos detalles que parecían amables, comenzaron a tornarse molestos para mí. Sentía como si él estuviera decidiendo mis tiempos, o sea, me traía café cuando él creía que yo debía tomar café, me compraba la comida que él creía que yo debía comer, me decía que tenía que comprarme tal vestido porque quedaba conmigo. Una vez hasta me compró un shampoo especial para cabello castaño oscuro porque a él le gustaban las morenas. Me incomodaba mucho, especialmente porque sentía que no tenía privacidad. La mamá siempre estaba ahí, y a mi cuarto no se le podía poner llave.

Una mañana yo iba ya tarde a la escuela, me tocó la puerta, como siempre. Le pregunté que quería y él abrió la puerta, creo que me traía café, como todas las mañanas. Me molesté tanto porque le pregunté qué era lo que quería, no le había dicho que podía pasar. Él se enojó porque le dije eso. Cerró la puerta de mi cuarto de golpe, luego escuché que hizo lo mismo con la puerta del departamento. Me fui con muy mal sabor de boca a la universidad. Ese día tenía que llegar temprano porque me había quedado de ver con unos compañeros para terminar nuestra presentación. Ellos aún no llegaban y yo los estaba esperando en la cafetería, la cual tenía ventanales que daban a la calle. Yo estaba de espaldas, cuando alguien tocó a la ventana, volteé y ahí estaba mi roomie. ¿Qué hacía él ahí? ¿Cómo me encontró en la cafetería? ¿Me había estado siguiendo? Me dio tanto miedo que no salí.

Ese día supe que no podía volver al departamento. Antes de este suceso, yo ya había estado buscando otro departamento por muchas razones: la incomodidad, la falta de privacidad (la señora metía a gente a ver mi cuarto cuando yo aún seguía viviendo ahí), el otro chico se iba y en su lugar se iba a mudar otro señor grande, también en proceso de divorcio, el departamento estaba muy lejos de la ciudad y era muy caro, etc. Resulta que justo este día, me entregaban las llaves de mi nuevo departamento, uno en una residencia de estudiantes. A pesar de no tener nada en el nuevo cuarto, pasé esa noche ahí. Jamás olvidaré esa primera noche, acostada en un colchón pelón, sin una triste sábana para taparme. Pero segura y con privacidad.

Angy, vive en Berlín desde septiembre de 2016

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