Llevaba ya medio año buscando trabajo y entre mi desesperación, buscaba trabajo hasta de limpieza. Fue muy raro, pero gracias a un fashion event en el que participé, conocí a una chica que iba a empezar a trabajar en un café que apenas estaba por abrir al público, Le pregunté si estaban contratando y me dijo que sí. Así que gracias a ella conseguí trabajo “de mientras”.
La película de Amelie es una de mis favoritas de todos los tiempos. Siempre pensé que trabajar en un café en Europa me daría una vida tranquila. Hasta me parecía algo romántico. Pues bueno, trabajar en la gastronomía es una chinga. Cuando comencé a trabajar en el café, estaba tomando un curso intensivo de alemán, por lo que no podía trabajar por las mañanas, y necesitaba de un trabajo de medio tiempo por las tardes. Bueno, el café me dio un trabajo por las tardes, pero no de medio tiempo, sino de tiempo completo.
Sobreviví el primer mes, a pesar de que me tocó trabajar en año nuevo. Ese día se le ocurrió al gerente pasarse al café a despedir a uno de nosotros e irse. Eran ya las 8 de la noche, yo ansiaba con irme a casa, arreglarme e irme a celebrar, pero el tipo al que despidieron tenía otro: vengarse robando la cerveza de uno de las vitrinas. Jamás olvidaré esa noche, lloraba de desesperación, le marqué al gerente y le pedí que trajera su culo hasta ahí porque yo ya no estaba dispuesta a soportar más. Así lo hizo, al final, él se quedó lidiando con el tipo que no sólo había robado cerveza, también tenía el dinero de la caja.
Ya notaba el cansancio al segundo mes. Cuatro horas con quince minutos de alemán por las mañanas, más siete, ocho y a veces hasta 10 horas de trabajo al día comenzaban a cobrarme factura. Sólo será por unos mesesitos, me decía a mí misma. Pero resultó que el segundo mes no nos lo pagaron a tiempo. Mis compañeras y yo estábamos desesperadas y yo temía que jamás nos pagaran. Trabajábamos legalmente, con contrato y todo, ¿cómo era posible que esto nos estuviera pasando?, pensaba. Jamás imaginé que en un país como Alemania, nuestros derechos como trabajadores no estarían garantizados, pero no me iba a quedar callada.
Un día en que seguía trabajando sin salario, se me ocurrió pegarme una etiqueta en el uniforme que decía: “Scoom no nos ha pagado, trabajamos gratis”. No esperaba que la gente me dejara más propinas, pero esperaba que la gente se enterara de cómo trataban a los trabajadores, y lo logré. Ese día muchos clientes me preguntaron sobre esa situación. Y ese no era todo el problema, nuestro gerente era un racista y machista de mierda. Lo peor es que le hacía comentarios sexuales a la compañera más joven cuando la veía sola. También era un huevón que no quería hacer su trabajo.
Les comenté a mis compañera, que eran dos, que yo ya les iba a poner un alto y que quien quisiera se podía unir. Bueno, una ya estaba renunciando porque los horarios ya no le funcionaban más. Pero la otra, la más joven, y yo fuimos un lunes a hablar con recursos humanos. Le entregamos una carta en la que exigíamos nuestro pago confirme a la ley. También aprovechamos para decirle que nuestro gerente no estaba haciendo su trabajo, lo que incluía reportar nuestras horas, por eso en estos meses nos salían menos horas. Ella nos pidió que habláramos con él y eso hicimos. Ese día el gerente nos firmó las horas de la semana pasada, pero no las de ese lunes, quizá porque supo que nos habíamos quejado de él.
Aproximadamente tres días después de haber entregado esa carta, me depositaron mi salario, pero a mi otra compañera no, porque ella no amenazó con dejar el trabajo. Ella decía que a pesar de todo, era el mejor trabajo que había tenido en su vida. Yo pensaba diferente, esto no me podía volver a pasar, así que pensé en renunciar. Además ese trabajo, junto con el curso intensivo de alemán, estaban ya hasta afectándome en mi relación de pareja, pues nunca estaba en casa.
En Alemania es muy fácil conseguir un comprobante de enfermedad aunque uno no esté enfermo. Aquí todo el mundo se “enferma” cuando hay días soleados, cuando quieren tomarse un día de descanso, cuando sienten un milimétrico dolorcito de cabeza, etc. y nadie les cuestiona nada. Y así es también como muchas personas que quieren dejar su trabajo, son despedidas. Así que fui a consultar, fingí estar mal de la espalda y me dieron una semana de incapacidad. A los tres días me llegó el despido del café. Pero fue la misma historia: mi pago me llegó con muchas semanas de retraso y noté que me faltaba un día de salario: el lunes en el que había ido a hablar con recursos humanos.
Llamé, jamás me contestaron el teléfono, mandé correos, todos fueron ignorados. Iba todas las semanas a la oficina a preguntar por ese día y la encargada de recursos humanos me decía que estaba esperando la aprobación por parte del gerente regional porque nuestro gerente del local ya no trabajaba ahí. Ella tenía todas las pruebas y jamás quizo aceptarlo, pero yo seguía yendo, aunque me diera la misma historia, hasta que un día, también dejó de abrirme la puerta.
Meses después me topé al gerente regional en otro café de la misma cadena, no dudé en encararlo. Le pregunté, de buena manera, por qué aún no había autorizado el pago por ese día trabajado. Me dio tantas excusas y le decía que nada de eso coincidía con lo que me había dicho recursos humanos, que lo que él estaba haciendo estaba mal y era injusto, hasta que por fin me dijo: “eso es lo que te pasa por haberte enfermado dos semanas”. Entonces lo entendí todo, el muy maldito no me ha padago por razones personales.
Lo peor es que ese tipo de cosas pasan todos los días en este tipo de trabajos precarios en los que casi siempre con migrantes trabajando ahí a falta de mejores oportunidades. Y aunque no lo crean, no hay ningún organismo en donde se puedan denunciar este tipo de abusos.